Propaganda Política: una forma efectiva de subyugar



Enrique Bocardo Crespo
(Universidad de Sevilla)
I
Adolf Hitler cuenta en su autobiografía que prefería soltar sus discursos después de que su audiencia acabara de comer, porque creía que era el momento mas apropiado para que aceptaran sus ideas sin oponer una excesiva resistencia psicológica a la hora de aceptar lo que estaba diciendo. La observación de Hitler pone de manifiesto dos características básicas de la propaganda. La primera es conseguir que el receptor del mensaje que se quiere transmitir no ofrezca resistencia, que era lo que Hitler justamente quería conseguir hablando después de comer, en el momento en que su audiencia tenía la costumbre de echar una cabezadita. En esos momentos uno es capaz de creer casi cualquier cosa, incluso como ocurría en este caso, el que las decía era el mismo Hitler. Y la segunda es que, como consecuencia de la ausencia de resistencia psicológica, el mensaje sea aceptado y como resultado de su aceptación -aunque no haya mediado un proceso racional de decisión- que el receptor acceda a pensar, y en último extremo a obrar, siguiendo las consignas ideológicas que quiere transmitirle el que emite el mensaje. Si la propaganda resulta ser efectiva entonces cabe esperar que la audiencia a la que se dirige acabe actuando y pensando de la manera en que quiere que lo haga quien elabora los mensajes, y si la propaganda es efectiva también cabría esperar que opere con los elementos necesarios para eliminar la resistencia psicológica que el receptor sea capaz de oponer. También en los casos más siniestros de manipulación, es posible lanzar una campaña de publicidad que elimine previamente las posibles resistencias que los destinatarios de un mensaje podrían oponer antes de que éste fuera transmitido.

En cualquier caso, estas dos características que Hitler acentuó hace ya cerca de ochenta años siguen siendo exactamente las mismas para cualquier clase de propaganda ya sea política o de cualquier otra índole. Para empezar podríamos definir la propaganda como una forma sistemática de persuasión intencional que intenta influenciar las emociones, actitudes, creencias, valores y acciones de una audiencia determinada con propósitos ideológicos, políticos o meramente comerciales gracias a la transmisión controlada de mensajes unidireccionales utilizando los canales de los medios de comunicación de masas: radio, prensa escrita, TV, o cine.
Hay algunos elementos en la definición que les acabo de proponer de la propaganda que podríamos considerar mas detenidamente. El primero es que la propaganda es una forma sistemática de persuasión intencional; es decir: que cuenta con un conjunto de técnicas, en su mayor parte basadas en las investigaciones que ha hecho la psicología social desde la década de los ochenta del siglo pasado, destinadas a alterar las creencias de la audiencia a la que se dirige. Cuando hablamos de persuasión estamos hablando de la habilidad de conseguir que la gente acabe adoptando una cierta forma de pensar, o una determinada actitud, o acabe haciendo una acción utilizando ciertos medios racionales o simbólicos que no tienen por qué ser necesariamente lógicos. Lo último que se podría esperar de un experto en relaciones públicas es que se comporte con la misma impecabilidad lógica que mostraban los participantes de los diálogos de Platón. Naturalmente existen muchos medios de lograr persuasión sin emplear la fuerza, y de hecho las diferentes clasificaciones que suelen hacer de propaganda se basan en los medios que se emplea para lograr la persuasión.

El segundo elemento de la definición de propaganda consiste en influir sobre las emociones, actitudes, creencias, valores o acciones de la audiencia a la que se dirige, es decir, hacer que los individuos sean capaces de desarrollar ciertas actitudes o creencias que no hubieran podido mantener de no haber aceptado el mensaje que les queremos transmitir. Es posible que esta característica pueda parecer excesivamente cruda, o incluso cruel, pero constituye uno de los elementos esenciales de la propaganda. La propaganda es efectiva solo si en último extremo logra cambiar nuestras actitudes, creencias o acciones. Como cabría suponer, persuadir cuando se trata más particularmente de la propaganda política es una forma muy sutil de sumisión. Si yo logro dominar tu forma de pensar, puedo conseguir que pienses de tal modo que no ofrezcas resistencia a la hora de aceptar como verdadero el conjunto de creencias que intento imponerte. Y si domino tus creencias domino también tu voluntad, tengo el poder de hacer que hagas lo que yo quiero que hagas. Pero si además me hago con los servicios de una buena compañía de relaciones públicas, puedo conseguir hacerte creer que haces lo que tú quieres hacer. Te hago mi esclavo, pero gracias al poder de mi propaganda no sólo no lo sabes, sino que además vives engañado creyendo que eres libre.

A manera de ilustración podríamos considerar uno de los ejemplos paradigmáticos que revelan de una manera muy ilustrativa la eficacia de la propaganda. La campaña que Edward L. Bernays organizo en 1929 en Mahantan para que las mujeres norteamericanas abandonaran los prejuicios que tenían en contra del tabaco1. Antes de la campaña de Bernays la mayoría de las mujeres pensaban que fumar cigarrillos era propio de prostitutas o cabareteras, de manera que ninguna mujer que quisiera parecer decente podía perdonarse caer en esa práctica sin perder su reputación. Bernays cambio esa actitud. Para lograrlo organizó una gran manifestación a la que llamó el desfile de la antorcha de la libertad, la idea era transmitir que cada vez que encendían un cigarrillo estaban encendiendo la antorcha de su liberación. Bernays logró sus propósitos, en menos de un año el consumo de cigarrillos se multiplicó por cuatro. Detrás de la campaña que montó Bernays se encontraba sin embargo un peculiar análisis psicoanalítico del habito de fumar que le proporcionó su amigo el psicólogo A.A. Brill; por cierto, deben ustedes saber que Bernays era sobrino de Sigmund Freud- Según Brill el cigarrillo es fundamentalmente un símbolo fálico, es decir un signo de dominación masculino, si las mujeres quieren ser como los hombres deberían de aspirar a tener un falo, como no lo pueden tener el cigarrillo se convierte en el sustituto simbólico del miembro masculino. La idea que se quería transmitir es que si la mujer es como el hombre porque adquiere el símbolo masculino con el cigarrillo, entonces tienes los mismos derechos que él. Naturalmente nadie se hace libre porque fume, pero la vinculación entre sexualidad masculina, liberación femenina y fumar tiene el efecto psicológico de cambiar el conjunto de actitudes y creencias que en esa época mantenían las mujeres sobre el tabaco.
Es de observar que, desde el momento mismo en que se empieza a diseñar la campaña de publicidad, el que propaga el mensaje no tiene escrúpulos en utilizar cualquier medio que esté a su alcance para cambiar las actitudes de aquellos que se convierten en los receptores del mensaje que se fabrica -da igual que se esté engañando al proclamar que las mujeres son más libre porque fuman, lo que realmente cuenta es que en primer lugar se cambie las creencias que impiden que una mujer fume, y después que acabe fumando, como consecuencia del cambio que se produce en su actitud. La compañía de tabacos que pagó a Bernays hizo su agosto a costa de la salud de millones de mujeres que desde entonces empezaron a imitar la estupidez de los hombres, bajo la ilusión de que tenían sus mismos derechos civiles porque fumaban. Pero es un ejemplo que pone de manifiesto la eficacia de la propaganda, porque logró cambiar las actitudes y creencias que hasta entonces mantenían la mayoría de las mujeres sobre el tabaco y gracias a eso las mujeres acabaron por creer que eran tan libres como los hombres sólo por el hecho de que tenían el mismo derecho que ellos a fumar.

El tercer elemento de la definición es la posibilidad de elaborar un mensaje y transmitirlo a través de los canales de los medios de comunicación. Este elemento es decisivo y a la larga resulta ser el criterio fundamental para identificar los límites entre la propaganda y la práctica descarada de manipulación intelectual. También pone de manifiesto, sin embargo, una característica siniestra del poder que puede alcanzar los medios de comunicación en manos de un estado que controle gran parte de los medios oficiales de comunicación. Supongamos que aceptamos la definición estándar de manipulación intelectual (comúnmente llamada “lavado de cerebro”) como “todo intento sistemático orientado a inculcar determinadas actitudes y creencias en una persona en contra de su voluntad”, aun cuando esas creencias sean abiertamente contrarias a las que actualmente profesa, en ese caso es difícil de saber donde acaba la propaganda y donde comienza la manipulación. Es cierto que en algunas ocasiones ciertas campañas estatales como las que se organizan contra el consumo de drogas, la prevención de los accidentes de trafico o la protección contra la violencia doméstica pueden resultar efectivas, pero eso no deja de convertir al estado en el mayor agente y el más efectivo en la producción de mensajes propagandísticos, con un poder persuasivo del que nunca haya tenido en ningún otro período de la historia. Si tenemos en cuenta que el 60% de los españoles consume un promedio de tres horas y medias viendo TV, y que el 75% de las noticias relevantes para la política son trasmitidas por TV, es fácil percibir el inmenso poder de propaganda que puede tener el estado como creador de los mensajes dirigidos a cambiar las actitudes políticas de sus ciudadanos. Volveremos sobre este tema más adelante.

Finalmente el ultimo elemento de la definición que me gustaría resaltar es que son mensajes unidireccionales, es decir que aquel que los crea no espera encontrar una respuesta al mensaje que emite por parte de sus destinatarios; una característica que acentúa el aspecto meramente pasivo de quien recibe los mensajes, se supone que la respuesta que puede dar el receptor del mensaje no es un dato relevante en el acto de la emisión, la propaganda se centra sólo en cambiar la actitud de la audiencia y sus respuestas no son relevantes, más bien son sólo relevantes en la medida en que el creador del mensaje pueda controlar sus posibles reacciones. Por ejemplo, una audiencia que sea muy sensible a ciertas actitudes como el nacionalismo, los valores patrióticos, la igualdad de oportunidades, o el miedo al terrorismo resulta ser más manipulable, porque de entrada le ofrece al propagandista unos elementos con una carga psicológica que puede utilizar para cambiar sus actitudes u orientar su conducta hacia sus propios objetivos. El miedo sigue siendo uno de los elementos favoritos de las campañas de marketing político y manipulación intelectual.

A menudo la propaganda logra los objetivos que persigue evocando ciertas emociones fuertes al presentar relaciones completamente ilógicas entre objetos y conceptos (piensen por ejemplo en la relación que presentan entre un cuerpo musculoso y un yogurt, comer chocolate y hacer el amor, la sensación de libertad y conducir un coche, un perro y un rollo de papel higiénico, una cerveza o,o y la maternidad, la imagen de un indio aborigen y una marca de ron, dos cowboys montando a caballo en medio de un esplendoroso paisaje natural lleno de pureza y un marca de tabacos, o la imagen de un político que tiene como fondo una leyenda cuyo significado es por lo general enteramente contradictorio con su propia persona, eficacia, honradez, cumplimos nuestras palabras, nuevos tiempos, mirando hacia delante porque es mejor que no mires para atrás).

En otras ocasiones, la propaganda se sirve de la repetición para cambiar las actitudes de la audiencia. Cuanto más veces oiga un individuo un mismo mensaje, mayores serán las probabilidades de que al final acabe por aceptarlo, la intención es por una parte reforzar una idea por medio de la repetición, y por otra excluir la presencia de otros mensajes que puedan contradecirla. Esa es la técnica en la que se basa la mayor parte de los anuncios comerciales que aparecen en la radio y en la TV., y a pesar de la notoria estupidez que demuestran, suelen ser altamente efectivos. Los responsables del marketing de las empresas saben que un producto que se anuncie en TV tiene más probabilidades (del orden de 4 a 1) de venderse que otro que no se anuncie, por consiguiente es razonable pensar que todos los directivos de empresa que quieran multiplicar la venta de sus productos, intenten que lo que venden sea anunciado en TV. La conexión entre mercado y publicidad en TV se ha revelado, como demostraron en su momento Chomsky y Herman en Manufactoring Consent en 1988, como un filtro muy efectivo a la hora de seleccionar el tipo de noticias y los programas que se emiten en las televisiones2. Supongamos que un grupo de empresarios compuesto por constructores, banqueros y del sector de la alimentación decidieran formar una asociación para patrocinar el anuncio de sus productos en la TV. Si tenemos en cuenta que el dinero que ingresan las tvs por publicidad suele rondar entre el 30 al 40% de su financiación, ¿sería factible imaginar que alguna de las TV que emiten los anuncios de estos empresarios emitiera alguna vez programas o reportajes que puedan poner en peligro los intereses de este grupo empresarial? Mas bien, ocurriría justamente lo contrario, nuestro grupo de empresario estaría encantado de patrocinar programas que tiendan en primer lugar a aumentar el nivel de estupidez de la gente y después, una vez que se haya conseguido una estupidez mas o menos generalizada (es decir una vez que se hubiera conseguido el mismo estado de sopor que Hitler buscaba en su audiencia después de comer), someter a la audiencia a una despiadada campaña de publicidad comercial que haga multiplicar por 10 la venta de sus productos. Si el estado se convierte en el mayor inversor de una TV, ¿qué razones habría para pensar que las TV públicas pudieran ofrecer alguna vez una información que ponga a prueba la legitimidad de las decisiones que toma el partido que se encuentre en ese momento?
Es posible que después de lo que les he dicho se estén preguntando si la educación tal y como se imparte actualmente en los centros de educación no se puede considerar después como una forma de propaganda. Para Edward Bernays, el sobrino de Freud del que hablamos antes, no existe una diferencia sustancial entre propaganda y educación, la única diferencia significativa entre una y otra es que en la educación inculcamos aquellas conductas que queremos defender o nos parecen necesarias, mientras que en la propaganda podemos inculcar actitudes en las que no tenemos necesariamente que creer o que no nos parezcan buenas. Es cierto que la educación persigue inculcar valores, actitudes y un conjunto apropiado de creencias sociales y también es cierto que lo hace en ocasiones siguiendo procedimientos muy similares a los que emplean las compañías de relaciones públicas, los premios al mejor profesor, al alumno más brillante, al mejor expediente, a la mejor tesis, o los honores habituales con los que son galardonados los escritores famosos, el premio Cervantes, etc… Pero la educación no es una forma de propaganda subrepticia, hay tres diferencias fundamentales con las técnicas de propaganda. Primera, normalmente no se trata de engañar, lo que no significa que podamos estar equivocados cuando educamos, sino que se transmite aquello que nos parece que es necesario para saber vivir como seres humanos. En segundo lugar la educación no se organiza como un conjunto de mensajes, requiere aprendizaje y una considerable aplicación tanto por los que enseñan como los que pretenden aprender. En tercer lugar, el proceso, contrariamente a lo que ocurre con la propaganda no es unidireccional y los destinatarios de la educación tienen el poder de no aceptarla, que es, como ustedes saben, lo que con mas frecuencia suele ocurrir.

Podríamos preguntarnos a continuación ¿por qué existe la propaganda y por que razón se ha extendido tanto (algunas empresas de Relaciones Publicas actúan a nivel global como ocurre con la Burson-Marsteller, la Shandwick, la Hill & Knowlton)? Parece que la respuesta mas verosímil es que nos guste o no la propaganda cumple ciertos objetivos sociales, algunos nos parecen legítimos –como ocurre con las campañas de seguridad o la publicidad y el marketing- y otros son más perversos y potencialmente más peligrosos, como ocurre con los casos de adoctrinamiento político al que estamos expuesto a diario los ciudadanos de cualquier estado, por democrático que se muestre. Debemos de reconocer que muchas instituciones como ocurre con los medios de comunicación, las empresas privadas y el propio estado, se pueden describir como instituciones adictas a la propaganda, es decir, como instituciones que perderían gran parte del control social que ejercen (y aquí control social significa esencialmente capacidad para condicionar los procesos de formación de las creencias de una sociedad) de no contar con medios efectivos para influir en las decisiones y valores de la gente. Una respuesta, que sin ser completa, nos revela que el propósito de la propaganda está relacionado con la posibilidad de conseguir la máxima uniformidad en el comportamiento de la gente: que todo el mundo piense lo mismo, que todo el mundo haga las mismas cosas y que todo el mundo reaccione ante las mismas cosas con las mismas actitudes.

La propaganda comparte algunas técnicas con las compañías de relaciones publicas y con la publicidad. De hecho, tanto la publicidad como el marketing o las relaciones públicas se podrían considerar como un tipo de propaganda que promueve la venta de artículos comerciales o define la percepción de una organización, un grupo social o una determinada marca comercial. Si nos limitamos a considerar la situación en nuestro país, la propaganda política (es decir la organización de las campañas electorales, la definición de los problemas que se han de discutir, o lo temas que se han de evitar, las estrategias psicológicas que han de emplear los candidatos, la organización y propagación de los anuncios políticos así como el uso partidista de la TV como un medio altamente efectivo de control) está en manos de compañías de relaciones públicas que son pagadas con dinero publico (recuerden los cerca de 200 millones que invirtió el estado español para promover la candidatura de Aznar para la medalla del Congreso norteamericano, o la espectacular campaña que montó el PSOE en el referéndum de la OTAN en 1985, o la inversión que ha hecho recientemente el gobierno autonómico andaluz para promover el nuevo estatuto de autonomía, un ejemplo, por lo demás, de bochornoso fracaso institucional que, por cierto se le adjudicó a la multinacional Bassat-Ogilvy, tuvo un coste total inicial de un millón y medio de euros según el primer contrato con la empresa de publicidad, pero después hubo una ampliación de contrato que supuso una inversión adicional de 300.000 euros más. Total 1.800.000 euros en una campaña que ha resultado ser uno de los mayores fraudes institucionales de la Junta de Andalucía. Otros, más aventurados, vieron en la organización del referéndum una campaña de marketing político con el objeto de que la ciudadanía percibiera la realidad de los problemas que afectan a la región.

El poder de la propaganda consiste en la movilización de técnicas de control social para modificar las percepciones de los ciudadanos. Hitler prefería –recordarán- que su audiencia lo oyera después de comer, para aprovechar así la falta de resistencia psicológica, pero un buen propagandista sabe también manipular las emociones de su audiencia y sus miedos para que acepten más fácilmente el mensaje que persigue inculcar. El medio, ya lo veremos mas adelante, sigue siendo uno de los factores más influyentes para asegurarse la aceptación de un mensaje, pero también puede ocurrir que la propaganda para facilitar la aceptación del mensaje que quiere transmitir refuerce cierta emociones o actitudes subjetivas que el creador del mensaje ya sabe con antelación que tiene la audiencia a la que se dirige. La asunción que se encuentra detrás de esta forma de manipulación consiste en que si la gente cree algo que es falso, se verá asaltada por la duda constante, y puesto que las dudas crean un estado subjetivo inquietante la gente estará dispuesta a creer todo aquello que se les diga para calmar su ansiedad. La mayoría de los mensajes políticos que fabrican los responsables del marketing político dirigido a los pensionistas se basan en esta técnica. Observen que suele ser habitual que dos o tres meses antes la prensa publique noticias sobre la posibilidad de que los pensionistas pierdan su poder adquisitivo, para que después el político de turno gane unos cuantos votos calmando la ansiedad que ha despertado entre la gente de la tercera edad, una población particularmente sensible a este tipo de incertidumbres. El gobierno suele aparecer como el mejor fabricante de miedos que alarman a la población, con el objetivo de aparecer después como el mejor cualificado para remediarlo (piensen en el uso que se hace del terrorismo para inquietar a la población, las referencias a la inseguridad de la guerra civil, que no tiene nada ver con nuestra situación actual, la pérdida del estado de bienestar, el colapso de la familia ante la legalización de las parejas de un mismo sexo, o el exceso de emigrantes en la población autóctona).

En un sentido más específico también se refiere a la posibilidad de proporcionar una información deliberadamente falsa con el objeto de apoyar los intereses de aquellos que ejercen el poder. Piensen que aquel que maneja la propaganda, una posibilidad que es impensable para cualquier ciudadano de a pie -debido primariamente a su alto coste- tiene la posibilidad de hacer que se propague una información deliberadamente falsa, o que simplemente se silencien algunos hechos que no interesa que se conozcan (por ejemplo: según la revista de investigación Lancet publicada por la Johns Hopkins University en los Estados Unidos y la Universidad al-Mustansiriya de Bagdá, la cifra de iraquíes que han muerto como consecuencia directa de la invasión angloamericana se acerca a 655.000. Sin embargo incluso recientes fuentes oficiales parecen admitir que las víctimas ronden el millón de muertos. Por su parte, el embargo que algunos países europeos y Estados Unidos impusieron a Irak en la década de los años noventa causó la muerte de medio millón de niños menores de cinco años, según las estimaciones realizadas por UNICEF, uno de los grandes genocidios oficiales de finales del siglo XX. Como en otros casos, la propaganda política tuvo su efecto para calmar la indignación de los que se enteraron de la tragedia. Cuando le preguntaron en 1996 en el programa de televisión 60 Minutes a Madeline Albright, que era por entonces la Secretaria de Estado, si el medio millón de niños que habían muerto merecía la pena, declaró abiertamente que: “La decisión fue muy dura, pero que merecía la pena el precio que tuvimos que pagar”. El medio millón de niños menores de cinco años murieron porque los hospitales no podían contar con los medicamentos más elementales para salvar vidas, porque la propaganda oficial insistía en el peligro potencial que esos medicamentos tenían para producir con ellos armas químicas de destrucción masivas. Ni Estados Unidos, ni Gran Bretaña, como ninguno de los países europeos que aprobaron el embargo han sido condenados por crímenes contra la humanidad. Nos podríamos imaginar las proporciones que hubiera tenido la misma declaración en la boca del Secretario de Estado de Corea del Norte, o de Hugo Chávez o del propio Sadam Hussein. Pero se trataba después de todo de medio millón de niños iraquíes, y era el precio que se tenía que pagar. Que nuestro grado de indignación no alcance los mismos extremos que alcanzarían si se tratara en su lugar de niños británicos o alemanes o incluso españoles, tiene algo que ver con la eficacia de la propaganda política a la que, sin apenas percibirla, estamos implacablemente sometidos.

Hay algunos ejemplos más que podemos detenernos a considerar. Casi nadie en Europa sabe que la Hermandad Musulmana, que fue la precursora de Al-Qaeda, estuvo financiada y en gran parte organizada por el servicio de inteligencia británico con el fin de ir eliminando el sentimiento nacionalista de la población árabe. Tampoco se le ha dado mucha publicidad a que el M16 reclutara musulmanes británicos en la década de los ochenta para financiar una guerra santa contra la Unión Soviética que se conocía con el nombre de “Operación Ciclón”, y cuyo coste rondaba los cuatro mil millones de dólares. Las imágenes del ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York dieron la vuelta al mundo, incluso se han hecho numerosos documentales para la televisión y alguna que otra película en donde se mostraba el valor y el sacrificio del pueblo americano. Pero no se ha prodigado en imágenes y documentales el brutal bombardeo que causó la muerte de tres mil civiles afganos en venganza de los ataques del 11 de septiembre, a pesar de que era un hecho bien conocido que ningún afgano participó en el ataque de las torres gemelas. Como en el caso de los niños iraquíes menores de cinco años, los afganos supuestamente eran el precio que se tenía que pagar para demostrar al mundo que Estados Unidos sigue siendo el guardián de la paz mundial. Ninguna de estas noticias aparecen en la prensa escrita de Estados Unidos ni Inglaterra, y los sucesos que describen son simplemente ignorados por la prensa internacional, su silencio constituye también una forma de propaganda internacional, una manera de mantener una actitud favorable hacia las cruzadas que se emprenden en nombre de la libertad y de la democracia en el Oriente Medio. Estos hechos es mejor que no se lleguen a conocer, su conocimiento público podría poner en tela de juicio las asunciones ideológicas sobre las que se asienta la visión moral de la política internacional: existen las fuerzas del mal que hay que destruir y existen además las fuerzas del bien que son las que están moralmente legitimadas a servirse de cualquier medio para lograr los fines, siempre honorables, que se proponen.

El creador de la propaganda se dirige a cambiar las actitudes y la interpretación de un problema o de una situación con el objeto de moldear sus apreciaciones subjetivas y juicios de acuerdo a los intereses ideológicos que manejan los que detentan el poder. Considerada desde este punto de vista, la propaganda se podría ver como una forma de censura (a pesar de sus presumibles connotaciones peyorativas la palabra “censura”, en la distribución de la información es una practica muy habitual de todos los gobiernos democráticos, particularmente extendida en la información de los sucesos de guerra, recuerden las escasas informaciones que la prensa oficial europea nos ha proporcionado de las atrocidades que las tropas de la OTAN cometieron en la invasión de Yugoslavia y en la guerra de Kosovo) en la que el objetivo que persigue se consigue evitando que ciertas informaciones lleguen a los oídos del publico, en este caso no se emplea la persuasión sino el suministro deliberado de un conjunto de patrañas y mentiras encaminados a cambiar la percepción de la realidad a favor de los puntos de vistas que se defienden en las élites del poder. Los responsables de la creación de la propaganda saben que es falsa, pero en este caso el uso deliberado de la mentira tiene un alto grado de efectividad propagandística. Teniendo en cuenta que unas de las características de la especie humana es la peculiar relación entre contenidos cognitivos de la mente y conducta, la efectividad de la propaganda depende en gran medida del poder que tiene para alterar las actitudes, valores y creencias que hacen posible que hagamos el tipo de acciones que habitualmente solemos hacer. Este poder está relacionado con las técnicas de manipulación intelectual, los mecanismos que emplea el emisor del mensaje para conseguir que acabemos pensando, y a la larga haciendo, lo que a él le interesa que hagamos una vez que haya logrado interferir en los mecanismos psicológicos asociados con la percepción de la realidad y la formación de valores y preferencias.

II
Cuando hablamos de técnicas de manipulación intelectual de lo que estamos hablando es del uso de estrategias propagandísticas para hacer que el mensaje resulte ampliamente aceptado procurando anular al mismo tiempo el nivel de resistencia psicológica que potencialmente podría oponer la audiencia al que se dirige, o por ponerlo con otras palabras, sometiendo a la audiencia a un proceso psicológico –a veces muy sutil- que elimine los recursos racionales para responder racionalmente al mensaje que se quiere lanzar. La idea es muy simple: idiotizar al máximo a la audiencia hasta que llegue a un nivel de sumisión psicológico que sea capaz de creer cualquier cosa que les diga. Exactamente lo mismo que pretendía lograr Hitler cuando aprovechaba la soñolencia de la sobremesa para implantar sus ideas en las cabezas dormidas de los que, sin darse del todo cuenta, lo estaban después de todo oyendo. Naturalmente no toda propaganda implica el uso de técnicas específicas de desinformación. La propaganda a la que me estoy refiriendo es aquella que ha sido organizada para trasmitir una información falsa con el fin de que sea ampliamente aceptada por la mayoría de la población.

Las técnicas de manipulación intelectual se convierten en mecanismos altamente efectivos de control social cuando se encuentran entre las manos de los grandes creadores de mentiras ideológicas y doctrinarios sociales, es decir, en particular el Estado, los partidos políticos y casi todas las instituciones religiosas. Uno de los ejemplos más sobresalientes de manipulación está vinculado con la primera operación de propaganda política moderna. Cuando se creó la Creel Committe durante el mandato del presidente Wilson, se cambió por completo las actitudes pacifistas de los norteamericanos que se oponían abiertamente a la intervención de su país en la Primera Guerra Mundial. La propaganda oficial fue efectiva: en tan sólo seis meses, los americanos empezaron a cultivar una hostilidad hacia los alemanes (que ahora se les llamaba hunos) que inclinó a la opinión pública a favorecer la intervención en la guerra. En nuestro país el ejemplo más espectacular de efectividad de propaganda política tal vez sea la campaña institucional que llevó a cabo Felipe González para persuadir a los españoles, en contra de las promesas electorales que había hecho en las elecciones de 1982, de votar por la permanencia de España en la OTAN. Cuando se votó la propuesta del gobierno el 12 de marzo de 1986, se logró que el 52% de lo participantes en el referéndum aprobara la permanencia de España en la estructura no militar atlántica. Lo sorprendente es que a finales de 1985 sólo un 19% de los españoles apoyaba el ingreso en la OTAN. En tan sólo un año, el presidente del gobierno cambió la actitud de cerca del 33% que sólo hacía un año que se mostraba contrario a la entrada de España en la OTAN. Toda una hazaña, que pone de manifiesto la espectacular efectividad que puede llegar a alcanzar de la propaganda política institucional en manos de los expertos en cambiar la opinión pública.

En uno y otro caso, el fin que persiguen los órganos estatales de propaganda política, aunque no se pueda decir sin correr el riesgo de poner en evidencia la efectividad de las técnicas que emplean, es el de anular tan completamente como sea posible nuestra capacidad de discusión racional para formarnos un juicio de acuerdo con la evidencia que disponemos y sin que nuestras decisiones sean manipuladas para cambiar nuestras actitudes en beneficio de los intereses gubernamentales. A esto se le llama en otras palabras “estupidez” y desde que Platón observó que era preciso sumir a la población en un engaño necesario para que así pueda ser más dócilmente gobernada, ha sido el fin principal de todos los gobiernos. Un gobierno que sepa condicionar y manipular las creencias de sus ciudadanos es sobre todo un gobierno efectivo, aunque el precio que se tenga que pagar sea la implantación de una estupidez mental peligrosamente generalizada.

Hay algunas técnicas de manipulación intelectual que han demostrado ser particularmente efectivas. Una de las más frecuentes es la apelación al miedo. Como los psicólogos sociales saben, el miedo es una de las emociones más primitivas de la mente humana. Para la propaganda tiene un valor incalculable porque la gente es capaz de hacer bajo la sugestión que ejerce el miedo algunas cosas que no serían capaces de hacer si pensaran racionalmente. El miedo busca certidumbre y por consiguiente una audiencia altamente influenciable por el miedo anulará sus facultades racionales para buscar una solución inmediata a sus temores. Es un recurso que explotan todos los políticos con una facilidad que resulta vergonzosa. El miedo agiliza la toma de decisiones y se está más receptivo a aceptar el mensaje, sobre todo si el político se presenta como el que asegura la solución de las inquietudes, que por otra parte nadie percibe que él mismo ha causado. La capacidad de utilizar el miedo para cambiar las actitudes, además de anular nuestra capacidad racional, sitúa al ciudadano en una posición de debilidad psicológica ante el político debido en gran parte a la relación unidireccional del mensaje. El político tiene la libertad de sembrar el miedo en su audiencia, pero no espera recibir una respuesta contundente que deslegitime sus pretensiones por parte de los que se limitan pasivamente a oír y en este caso a sufrir también.

Otra técnica, una de las favoritas de los dirigentes socialistas andaluces y extremeños es la que se conoce como la de presentarse como si fueran hombres ordinarios, ciudadanos de a pie como cualquier persona normal. La técnica consiste en acudir a los mítines políticos en mangas de camisa, o en cazadoras, nunca en chaqueta y con corbata, para dar la impresión de que son hombres normales porque visten como ellos, y la técnica funciona. En la última campaña electoral autonómica el presidente de la Junta de Andalucía se limitó a dar mítines casi exclusivamente en las zonas rurales, no hay testimonio de que en ninguno de ellos apareciera en traje de chaqueta y corbata. La idea es transmitir la impresión de que el político es uno más porque viste como lo hacen las personas que lo están oyendo. La idea es transmitir una sensación de cercanía entre el electorado y los dirigentes. Que los asistentes perciban que sus dirigentes por vestir como ellos son capaces de entender y solucionar sus problemas, con lo cual se acentúa la supuesta continuidad entre las decisiones políticas que toman los gobernantes y los intereses prácticos de los gobernados. De nuevo la ilusión hace su efecto, lo mismo que lo hacía cuando las mujeres que pasearon con un cigarrillo en la boca creían que eran más libres por fumar.

En los debates entre políticos de tendencias ideológicas contrarias se puede apreciar una gran variedad de técnicas de manipulación en las que han sido aleccionados los participantes por sus respectivos asesores de imagen y directores de relaciones públicas. Los gestos, el tono de la voz, la insistente falsificación de las informaciones, la desaprobación, la habilidad de hacer brillar generalidades sin contenidos específicos, las insufribles simplificaciones de los problemas, el uso de estereotipos, o la profusión de citas fuera de su contexto.

Una técnica que tuvo un gran impacto en nuestro país en la década de los ochenta del siglo pasado fue el culto a la personalidad o el carisma de los líderes políticos. Esta técnica siempre se había visto asociada con los regímenes totalitarios en los que un jefe de cualidades excepcionales consigue ganar la aprobación del pueblo gracias a unos poderes (carismas) extraordinarios. Hitler, Benito Mussolini, Mao Tse Tung, fueron todos ellos líderes carismáticos, como lo fueron los líderes de Corea del Norte Kim Il-Sung y Kim Jong-il y el propio Franco, al que se le consideraba caudillo por la gracia la Dios. Como cabría suponer la carisma no se llega a percibir sin contar detrás un formidable aparato de propaganda política que se encargue de acentuar y divulgar las cualidades excepcionales del líder. De hecho el que realmente las posea no es un hecho completamente irrelevante para la efectividad del mensaje, lo importante es que la gente la crea. A pesar de que nuestro país no es constitucionalmente un régimen dictatorial, Felipe González fue aclamado en los mítines políticos como un líder carismático, lo que explicaba su extraordinaria capacidad para captar el voto del pueblo durante cuatro legislaturas consecutivas. De hecho la mayoría de los debates políticos que se plantearon en esos años se centraban en descubrir si un político tenía o no tenía carisma, como si fuera la cualidad esencial para acceder al poder en una elección popular. El periodista A. R. Almodóvar intentaba, por ejemplo, explicar, lamentablemente sin conseguirlo el carisma del presidente González en estos términos:

“El habla de Felipe González es necesariamente consustancial a su personal manera de gran seductor. No es un seductor inconsciente, conforme al frío modelo de Kierkegaard, pues bien sabe el de Bellavista en qué estriba su meridional y cálido atractivo. Y cómo dosificarlo adecuadamente. . . Mucha gente ha tratado de escudriñar en qué consiste el carisma, el aura enigmática de este político, que podría convencer a cualquiera de cualquier cosa, y que de haber nacido en otro tiempo y en otras latitudes, por ejemplo en Centro América, habría terminado siendo un personaje de Vargas Llosa.
No en vano, de timbres y resonancias hispanoamericanas está sutilmente teñido su andaluz, con cadencias dulzonas y volubles acentuaciones caribeñas. Lo cierto es que, sobre una base de norma culta occidental ("Ehte modelo económico de la globalisasión (...) cada día eh más-injuhta la redihtribusión de la renta", Cadena SER, 9 de marzo) aparecen aquí y allá rasgos desconcertantes y personalísimos.
Dos particularmente: un amortiguamiento de la caída normal de la curva melódica en final de frase, transformándola en semicadencia, como advirtiendo de que su pensamiento sigue y le falta lo más importante; creando así una atmósfera de expectación acumulativa. Y un reforzamiento caprichoso de la acentuación normal de algunas palabras, en detrimento de otras: hase-falta-tenér (elimínese el acento de falta, como si las tres palabras fueran una sola). O esta otra cadena: con-un-triúnfo... (Quítesele el acento al indeterminado un). Los adverbios largos en -mente reciben un tratamiento similar, con una sola elevación en penúltima sílaba: obviamente”.

Aunque lo parezca por su fuerte contenido adulatorio y servil no se escribió en los años cuarenta de la España del caudillo, ni en Corea del Norte, lo publicó El País en su edición de Andalucía el 14 de marzo de 2000. En cualquier caso, hablar de carisma, o del aura enigmática de un político, que podría convencer a cualquiera de cualquier cosa, en una democracia representativa en donde el político debería de estar comprometido con el electorado que lo elige en base a las promesas que contrae cuando presenta su programa no pasa de ser un insulto a la racionalidad humana, y a menudo, sin pretenderlo, coloca a los electores que votan en una posición humillante. Al acentuar el carisma del líder se esta manipulando los mecanismos racionales que están relacionados con el proceso de tomas de decisiones. Como ocurría en el caso de Felipe González, su forma de hablar, con un amortiguamiento de la caída normal de la curva melódica en final de frase, transformándola en semicadencia, como advirtiendo de que su pensamiento sigue . . . creando así una atmósfera de expectación acumulativa, tiene el efecto de anular la capacidad reflexiva del votante que acaba literalmente arrobado por su forma de hablar y es capaz de creer cualquier cosa que oiga.

Otra técnica de persuasión es la que se conoce como doble lenguaje. La palabra se originó a principio de los años 50 del siglo pasado, aunque a menudo se le atribuye incorrectamente a George Orwell que utiliza en su novela 1984 las expresiones “newspeak”, “oldspeak” y también “doublethink”. Se puede definir siguiendo la sugerencia de Orwell del vocabulario B como “palabras que han sido creadas con propósitos políticos; es decir vocablos que no sólo tienen implicaciones políticas en todos los casos, sino que además se usan con la intención de imponer una actitud mental deseable sobre aquellas personas que las oyen”.

Recientemente el presidente Rodríguez-Zapatero antes y después del último atentado mortal de ETA en el aeropuerto de Madrid se ha referido a los atentados de eta como “accidentes”, la cúpula propagandista del partido dijo que era un desliz, en realidad no lo era, o era un desliz deliberado con el propósito de cambiar la actitud social hacia el terrorismo de ETA y orientar la actitud de la ciudadanía hacia una posición más conciliadora con los terroristas, que ahora no causan atentados, sino simples accidentes, es decir actos no intencionales que provocan víctimas.

Como ejemplos más notorios se podría considerar la expresión el “eje del mal”. Lo utilizó el presidente Bush en el discurso del estado de la nación el 29 de enero de 2002. Un término que se acuñó para estigmatizar selectivamente a ciertos países (Irán, Irak y Corea del Norte) con el objeto de justificar posteriormente una agresión militar. Pero si piensan cumple su objetivo de imponer una actitud deseable sobre las personas que lo oyen. La palabra “eje” se hace eco de las potencias del eje durante la segunda guerra mundial (Alemania, Italia y Japón) la intención es inculcar en la mente de la gente que hay ciertos países que forman un eje que es preciso destruir, porque su amenaza es comparable subjetivamente al peligro que supuso para la paz del mundo los estados totalitarios.

Todo el mundo sabe que es una empresa difícil que un país democrático pueda declarar la guerra a otro sin que cuente con el apoyo mayoritario de su población. Lo que significa que en primer lugar la guerra se ha de presentar como algo que realmente no es; y en segundo lugar que la operación que se pretende llevar es moralmente legítima o se hace por nobles ideales. Adviertan que ningún gobierno, o casi ninguno, tiene un Ministerio de la Guerra, como si la palabra no formara parte del vocabulario político, lo que tienen son Ministerios de defensa o Departamentos de defensa, porque nadie hace la guerra, sino que se defienden.
La invasión de Panamá de 1991 se bautizó “Operación Justa Causa”, todavía no contamos con evidencia sobre el número de muertos que causó el ataque de los helicópteros estadounidenses. La guerra de Afganistán la llamaron “Operación de la infinita justicia”, una frase que escandalizó a los musulmanes porque son de la opinión que sólo Dios es capaz de administrar esa clase de justicia, por lo que decidieron llamarla “Operación Libertad duradera”, al ataque de Irak se le llamó la Operación para la libertad de los iraquíes, se le olvidó añadir la palabra “muertos”, desde el año 2003 se calcula, como ya he mencionado antes, que han muerto cerca de un millón3.

Para ocultar los horrores de las guerras también se utiliza un doble lenguaje, la impresión que se pretende transmitir es que la gente no vea la guerra como la destrucción de vidas humanas. Así el Proyecto para el nuevo siglo americano del 2000 se refiere a las intervenciones militares como “un cambio de régimen”. La administración norteamericana utilizó la expresión “defensa preventiva” para describir la decisión de atacar Irak sin previo aviso. Y Bush en 2003, con su proverbial sentido de la oportunidad política, afirmó enfáticamente, después de haber visitado a los soldados heridos de la guerra de Irak que “Les he recordado a ellos mismos y a sus familiares que de lo que trata la guerra de Irak es realmente sobre la paz”. Es difícil imaginar en otra expresión que ejemplifique con más exactitud el sentido del doble lenguaje4.

Por último, se habla de factualización cuando se busca hacer creer que algo es un hecho cuando en realidad no lo es. El término fue acuñado por Norman Mailer en una biografía sobre Marilyn Monroe que publicó en 1973 en donde describía la factualización como la apariencia de hechos que tienen todas las noticias que aparecen en los periódicos y revistas, es decir la impresión de que algo es posible que no tenga existencia a menos que aparezca en la prensa. Esta técnica tiene un impacto decisivo en las noticias que aparecen sobre todo en el formato de los telediarios. Como ocurre en España, en donde los órganos de propaganda del Estado están en manos, virtualmente, incontroladas por la opinión pública, del partido mayoritario, la información política que se suministra está organizada para que el espectador la perciba como hechos empíricos, un tipo de realidad que, una vez que ha sido transmitida visualmente y de acuerdo a las consignas ideológicas del partido, queda registrada en la conciencia del sujeto como esa clase de hechos de los que no sería razonable dudar. Los logros económicos, las inversiones destinadas a los servicios públicos, las mejoras sociales que ha acometido el gobierno, están sometidos casi implacablemente a la factualización.

El elemento común que comparten todas estas técnicas de persuasión es la habilidad que muestran para modificar las actitudes y preferencias de la audiencia a la que primariamente se dirige, suministrando por regla general un mecanismo expeditivo y eficaz que le obligue al sujeto a tomar una decisión rápida manipulando los mecanismos psicológicos relacionados con la percepción que el sujeto tiene de la realidad, como son sus miedos, expectativas, deseos, valores o creencias genéricas.

III
El fin de la propaganda política, salvo en los casos de campañas de publicidad para concienciar a los ciudadanos, no es el de educar, es sólo cambiar nuestra actitudes para asumir sin demasiada resistencia el sentido del mensaje que se nos transmite, o para hacer algo, que de pensarlo con más detenimiento, probablemente nunca se nos pasaría por la cabeza hacer. El fin de la propaganda política sólo se encamina a lograr que los ciudadanos sean cada vez más dóciles y sumisos y a la par que sean más ignorantes de las cuestiones capitales políticas, bajo la impresión que la información que es suministrada por los órganos estatales es imparcial y adecuada. Lamentablemente lo están consiguiendo y en parte su éxito se debe al uso de las técnicas de manipulación para que desviemos nuestra atención y nos preocupemos más por consumir, por ejemplo, o de seguir las vidas de otras personas, los escándalos que elaboran las empresas de relaciones públicas para vender sus productos en la televisión, o el sospechosamente abusivo interés que se le da a los acontecimientos deportivos, que de entender específicamente las consecuencias directas que tienen para nuestras vidas las decisiones que presumiblemente aquellos toman en nuestro nombre.

En nuestro país los mayores agentes de creación de propaganda política son los partidos políticos y el gobierno. El gobierno cuenta incluso con una institución que le proporciona los datos sobre los que posteriormente se organizan la mayoría de las campañas de marketing político: el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), un órgano con la apariencia de imparcialidad, que de hecho funciona como una maquinaria solapada de manipulación política al servicio del partido político que esté en el gobierno, financiado además con dinero público. No es accidental que poco antes de la celebración de alguna elección el CIS publique la intención de voto de la población.

Por otra parte, si tenemos en cuenta que la composición de los consejos de dirección de la televisión nacional y de las autonómicas reproducen la regla de la mayoría parlamentaria, la posición en la que se encuentra un partido con mayoría absoluta es verdaderamente privilegiada para ejercer una manipulación efectiva sobre los ciudadanos. Durante las dos ultimas legislaturas de Felipe González la RTV española no emitió jamás un sólo programa en donde se analizara la creciente corrupción política, lo mismo ocurre con la TV andaluza sobre los numerosos casos de corrupción que ha presentado el régimen socialista durante 25 años. Y lo mismo se puede decir de la administración de Fraga en Galicia, de las actuaciones ultranacionalista de la TV vasca, la corrupción política en Baleares durante el gobierno del PP, la televisión valenciana, o de la posición ideológica de la TV catalana. Curiosamente disponemos de leyes que prohíben la emisión de publicidad engañosa, pero no hay una ley que prohíba a un político que diga cuanto se le antoje en un mitin político o que organice la campaña electoral con los procedimientos más agresivos que tenga a disposición el marketing político.

Un dato particularmente significativo es que una de las pocas leyes preconstitucionales que aún sigue vigente es la ley 54/1978 de 4 de diciembre que no impone responsabilidad electoral al partido, como tampoco lo hace su parcial modificación la ley orgánica 3/1987 del 2 de julio que, sorprendentemente cuando aborda el espinoso problema de la financiación de los partidos políticos, se limita a exigirles que eleven al Tribunal de Cuentas un informe anual sobre las partidas de ingreso y gasto sólo en relación con las subvenciones estatales exclusivamente. Y aunque se reconoce en el artículo 1.1 que el Tribunal de Cuentas podrá requerir una relación de las aportaciones privadas, no conozco ningún requerimiento que hasta el momento se haya tramitado. De hecho es fácil que un partido político se deshaga de este requerimiento porque estrictamente hablando no tiene obligación jurídica de rendir cuenta de las subvenciones privadas que recibe, sino sólo de la ayuda estatal.

Por otra, la ley orgánica 5/1985 del régimen electoral general de 19 de junio establece que los partidos políticos sólo pueden destinar el 20% de la subvención institucional para gastos de propaganda política, pero a pesar de lo meticulosa que es en la regulación de los espacios, así como con la prohibición de la contratación de publicidad en los medios de comunicación pública, se limita curiosamente en el artículo 66 a reconocer el respeto al pluralismo político y social, y a garantizar la neutralidad informativa, pero no regula ni la emisión ni los contenidos de la propaganda política que se emite. De hecho ni la Junta Electoral Central ni la Comisión de radio y TV pueden controlar el contenido de la propaganda ni ejercer supervisión alguna sobre los mensajes que elabora la propaganda. Una forma de garantizar que todos tenemos el derecho, en virtud de los principios del pluralismo político o social, a que se nos manipule de la manera en que lo determine las grandes compañías del marketing político a la que los partidos políticos suelen encargar la elaboración de sus campañas electorales.

Los problemas que discuten los políticos en las campañas electorales han sido seleccionados previamente por los comités de las empresas de relaciones públicas y en general tienen muy poco que ver con las necesidades que preocupan realmente a los ciudadanos (recuerden que los mensajes de la propaganda son unidireccionales, y el receptor es meramente pasivo). Son problemas que han sido elegidos en función de la propaganda que se quiere impartir y en beneficio de la imagen publica que el candidato tiene que representar, por consiguiente en su mayor parte la discusión de esas materias forma parte de la técnica de persuasión para arrancarle el voto a los ciudadanos, que es después de todo de lo que se trata.

Una de las características del comportamiento social humano es que es altamente influenciable. Una actitud es en esencia la creencia que manifiesta un individuo sobre algo, la manera que tiene de reaccionar ante un suceso. La socialización suele ser por lo general un proceso efectivo sólo en la medida en que sea capaz de generar ciertas actitudes que se consideran socialmente adecuadas, y proporcione a los individuos ciertos mecanismos de supresión y de control de la conducta. Y desde los progresos que realizó la psicología social cuando algunos psicólogos alemanes abandonaron su país para emigrar a los Estados Unidos, todo el mundo sabe que las actitudes y las creencias que generan esas actitudes son altamente influenciables. La propaganda se convierte en un arma decisiva de control social cuando es capaz de manipular nuestras creencias con el objeto de orientarlas a crear una actitud favorable hacia ciertos valores o tendencias que suelen favorecer a los gobiernos. El partido político que se encuentra en el poder tiene que generar y favorecer actitudes sociales que no creen conflicto y que faciliten la aceptación de consignas políticas que apoyen al gobierno.

Partiendo de la simple relación que existe entre las creencias, valores y actitudes y las preferencias y conductas que desarrollamos como consecuencia de aquellos, existe escasa evidencia para pensar que nuestras decisiones sean el resultado de un proceso racional deliberativo que cuente con una evidencia que resulte políticamente neutral. La cuestión no es que no nos puedan influenciar, la cuestión más bien estriba en saber si no estamos seguros que, considerando el aparato tan formidable de propaganda que controla el Estado, no nos convertimos en presas fáciles de una manipulación que es la que moldea y determina nuestras preferencias. Con otras palabras, que no tengamos las opiniones que hemos podido contrastar de acuerdo a nuestro criterio y evidencia disponible, sino aquellas en las que hemos sido instruidos siguiendo algunas de la técnicas de manipulación que hemos considerado. Existe además un problema adicional: los mensajes de la propaganda política son unidireccionales. Una vez que se ha propagado el mensaje ideológico y se puede hacer de una manera muy efectiva, los ciudadanos literalmente no pueden contrarrestar la presión psicológica de los medios estatales de información. En los mítines políticos a la audiencia sólo le está permitido oír y aplaudir; ningún político en su sano juicio esperaría que hubiera entre el público alguien que lo fuera a rebatir lo que vaya a decir.

En la psicología social se estudia de qué manera los pensamientos, sentimientos y emociones de los individuos pueden ser influenciados por otras personas. Una investigación que pone particularmente de manifiesto la formación de nuestras actitudes. Los que tienen una formación filosófica excesivamente académica tienden a sobrevalorar el aspecto racional de las decisiones y de la formación de las creencias en las personas; como si la mayor parte de la gente que vive en una sociedad tuviera la tendencia a tomar decisiones o hacerse ideas o a justificar sus creencias siguiendo en líneas generales los procedimientos de la decisión racional o de la lógica practica. Pero en realidad ocurre lo contrario, la mayoría de las creencias, valores, actitudes que se encuentra detrás de nuestra percepción política no suelen responder a modelos altamente racionales, como los que se presenta en la teoría de la decisión racional, y, por regla general son altamente influenciables.

Gracias a una hábil propaganda, bien organizada, que sepa capaz de utilizar efectivamente las técnicas de manipulación intelectual podemos odiar más a las personas porque se nos puede decir un sarta de estupideces basadas en los prejuicios más irracionales con el objeto de rebajarlas. Podemos además perder el respeto, incluso nuestra humanidad, si consiguen rebajas nuestras categorías morales. Es posible que no veamos el sufrimiento de los iraquíes o de los afganos como un sufrimiento humano, tan humano como creemos que es el nuestro. Si saben manipular nuestras emociones y miedos, es posible que nos conviertan en más cobardes, porque nos hagan temer sin motivos algunas cosas que en realidad no son para temerlas, pero que si se temen, como ocurre con la venta de armas en los Estados Unidos, hacen que otros se llenen los bolsillos o simplemente se mantengan más tiempo en el poder. Nos pueden llenar de prejuicios la cabeza, puede que repitiendo hasta la saciedad la misma cantinela acabemos comprando algo que en realidad no nos hace falta, pero que hará más rico al que lo vende y paga además el anuncio que nos idiotiza el juicio.

Entonces es probable que empezaremos a alimentar odios y miedos para que otros vivan a costa de nuestra estupidez y nuestra sumisión mental, y no seamos capaces de reaccionar, porque hayamos perdido nuestra capacidad de reaccionar y de ver las cosas por nosotros mismos y a creer con razones que sean racionales, o a no creer, si no las tenemos. El aspecto más alarmante de la manipulación intelectual que utiliza la propaganda política es que degrada las bases que sostienen nuestra racionalidad. Supongamos que por racionalidad se entendiera la capacidad que tienen los seres humanos de ir formando su inteligencia y de emitir juicios de acuerdo a ciertos criterios epistemológicos de decisión. Si la manipulación intelectual interfiere en el proceso libre de formación de juicios, entonces está eliminando uno de los instrumentos más eficaces de nuestra racionalidad: el proceso reflexivo por el que pasa un sujeto para adquirir los criterios fiables que le permitan creer. Sin este proceso reflexivo no existe discusión, y cuando se elimina la discusión nuestra racionalidad empieza a ponerse en peligro.

El resultado de este proceso podría llegar a ser alarmante. El desfile de la antorcha de la libertad que organizó Bernays para que las mujeres adquirieran el hábito de fumar, fue efectivo porque se basaba en dos elementos esenciales de la psicología humana. Primero crear un deseo, en ese caso manipulando las reivindicaciones de libertad que exigían las mujeres para mantener los mismos derechos que disfrutaban los hombres. Y segundo proporcionar una ilusión que sirve de sustituto imaginario a la satisfacción real del deseo que ha sido provocado. Fumar no hacía que las mujeres tuvieran los mismos derechos que los hombres, pero la manipulación de Bernays era efectiva porque habían caído en la trampa de la ilusión. Vista así la ilusión, además de ser un engaño a nuestra conciencia, tiene un efecto perturbador para nuestra propia psicología, sólo en la medida en que seamos capaces de condescender con los deseos que el que utiliza la propaganda pretende despertarnos. El aspecto degradante de la propaganda no reside tanto en su capacidad para crear deseos, como en los medios ilusorios que propone para satisfacerlos. En el lenguaje sencillo, a eso se le llama perversión intelectual. No es necesario detenerse para darse cuenta que la habilidad de crear ilusiones es un potencial inmenso que sabe explotar con éxito la propaganda política. De hecho los programas electorales de los partidos políticos son ejemplos muy característicos de esa clase de ilusiones.

Si se acepta como una conclusión provisional, pero altamente probable, que el poder de la información está en manos del estado y el estado está, por su parte, gobernado por las grandes corporaciones, cabría esperar que sean también las corporaciones las que se conviertan en los grandes creadores y propagadores de la información. Las expectativas futuras son poco alentadoras. Las grandes empresas de relaciones públicas que determinan las preferencias políticas de los ciudadanos tienen un poder de alterar las actitudes humanas como no lo ha habido en ninguna otra época anterior en la historia humana. En segundo lugar el Estado sigue siendo el principal creador de propaganda política y, como lo admitió un comité de expertos, los medios de información estatales en nuestro país están muy lejos de satisfacer los criterios pluralistas que exige la legislación europea. Y por último está el creciente poder de las compañías transnacionales de medios de comunicación. Recientemente en una entrevista concedida a Democracy Now, John Pilger ha observado que:

“En 1983 los principales medios de comunicación globales pertenecían a 50 compañías, en su mayor parte norteamericanas. En el año 2002, el número ha caído a tan sólo 9 empresas. Y hoy en día, Ruper Murdoch ha predicho que sólo habrá tres gigantes de la comunicación global, entre ellos su propia compañía”5.

Estas tres características imponen unas serias restricciones a los derechos subjetivos que gozamos como ciudadanos para formar libremente nuestras propias opiniones, y sobre todo para que aquellas opiniones que consideramos como reivindicaciones políticas justas sean oídas y atendidas por las autoridades políticas. El hecho de que resulte difícil darse cuenta que nos están manipulando es un éxito de las técnicas de persuasión, pero están estrechamente relacionado con nuestra forma de vida y con la educación que hemos recibido. Una persona que trabaje más de ocho horas al día para pagar el tren de vida que le han inculcado que tiene que llevar, sólo necesita contar con un sistema estatal de educación que le prive de aquellos resortes intelectuales que le permitan comprender que lo están engañando. La tendencia que muestran la mayoría de las democracias liberales parece dirigirse hacia una especie de dictadura corporativa en la que la visión de la realidad que se les ofrece a los ciudadanos es confeccionada y manufacturada de acuerdo a los intereses de las grandes corporaciones que mueven los hilos del poder. Thomas Hobbes pensó en el estado como una persona artificial que estaba compuesta de cada uno de los poderes a los que renunciaban cada uno de los ciudadanos que accedía a que otro hablara por él. Si admitimos que otros pueden hacer por nosotros lo que cualquiera de nosotros puede hacer por sí mismos, abrimos las puertas a una manipulación intelectual más sutil y casi imperceptible. Sin embargo el Leviatán sólo perderá su consistencia cuando cada uno recupere la cuota de poder que le han arrebatado sin su propio consentimiento. Es casi imposible exigir ese poder si aquellos que lo poseen no sólo no saben que lo han perdido, sino que además viven inmerso en una ilusión ideológicas que les impide apreciar el estado de sumisión al que han llegado.

NOTAS
*Este ensayo es una versión más elaborada de la conferencia que di con el título “Técnicas de propaganda política: el poder de la desinformación” el 14 de abril de 2007, dentro de las IV Jornadas de Ciencia, Tecnología y Sociedad que organizó el I.E.S “Meléndez Valdés” de Villafranca de los Barros.

1 Véase Scottt M. Cutlip. The unseen power, a history. New Jersey: Lawrence Erlbaum Associate, Publishers, 1994, pp. 172-6 para las relaciones entre Bernays y Freud.

2 Herman, E.S & Chomsky,N. Manufactoring consent. Londres: Vintage, 1994. El capítulo I es donde se expone el modelo de propaganda.

3 Rampton, S & Stauber, J. Weapons of mass deception. Londres: Robinson, 2003. Particularmente las pp. 118-9.

4 La observación de Bush se puede leer en http://www.usembassy.roWF/500/eur502.htm.

5 La entrevista se encuentra publicada en la dirección: http://www.democracynow.org/article.pl?sid=07/08/07/130258